Nada. Nadie. El hall se hallaba en la más completa soledad. Nada típico en un edificio habitualmente asegurado por tres guardas y dos empleados del complejo, y menos aún después del presunto incendio.
Me acerqué a recepción. No tuve problema en colarme tras el mostrador y rebuscar en los cajones en busca de una linterna, pues estos se hallaban completamente abiertos. Escasa seguridad, algo más para apuntar en la hoja de reclamación. Provisto de algo de luz, me acerqué a un mapa para encontrar mi camino. Sólo debía seguir el pasillo de la derecha y encontraría las escaleras. No había cogido la llave de mi cuarto al salir, así que rebusqué en el estante de las llaves en recepción, pero estaba totalmente vacío, algo raro.
Me encaminé a mi destino. El único sonido era el de mis pasos, adentrándome en ese pasillo. La linterna me permitía comprobar que los suelos estaban impregnados de un barro más denso de lo común. Una mezcla de agua y arena que se te pegaba a los pies y te impedía caminar. Pero lo peor de todo era el olor que desprendía. Cuanto más avanzaba más intenso era. Se metía en mi cuerpo, quemándome la garganta y haciendo que me tambaleará. Era un olor que reconocía, un olor que había olido multitud de veces, pero no conseguía recordar cuándo ni dónde. Quedaban menos de tres metros para llegar a las escaleras. Aquí era casi imposible respirar. Aquella peste golpeaba con fuerza, impedía que siguiera andando.
El maletín. Tenía que conseguirlo. Eso fue lo que me dio fuerzas para superar los tres últimos metros y descubrir los tres cadáveres amontonados al final de la escalera. Por fin logré recordar. Era olor a carnicería.
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