domingo, 27 de septiembre de 2009

nueva inquilina

Abrió los ojos y tardó en orientarse. La luz blanca le cegaba. Todo era bañado por un blanco absoluto. Poco a poco los ojos se acostumbraron a ese resplandor y le dejó comprobar dónde se encontraba. Parecía ser las cocinas de unos restaurantes. Era una habitación inmensa, repleta de aparatos de cocina, cacerolas, cuchillos y demás. Los fluorescentes iluminaban la habitación llenándola de reflejos cegadores.

No podía recordar absolutamente nada. Su cabeza navegaba en un mar negro donde ningún faro parecía apuntar a ninguna parte.

Se aproximó a una de las paredes y se enfrentó a su reflejo en un espejo. Una muchacha pelirroja, de rizos salvajes le devolvió la mirada. Tenía los ojos verdes y una cara pálida y pecosa. No era una muchacha guapa, resultona más o menos. Vestía un traje de camarera, camisa roja y pantalones negros. En el pecho colgaba una chapa con su nombre, Dianne, y el emblema de Complejo Átopo. Dianne dedujo que debía de ser la camarera del restaurante del complejo.

Teniendo esto como base intentó recordar algo más. ¿Desde cuándo trabajaba allí?, ¿de dónde era?, ¿tendría familia allí?, ¿qué había pasado para que no pudiera recordar nada?, y lo más importante, ¿por qué tenía el cuerpo lleno de sangre?

lunes, 14 de septiembre de 2009

al final de pasillo

Según me acercaba a mi habitación la intensidad del grito iba aumentando. Cuando apenas estaba a escasos metros se convirtió en un aullido insoportable, más bien parecía el chirrido de dos metales arañándose que el grito de una persona.

Ya tendría tiempo de descubrir de dónde provenía, ahora mi prioridad era recuperar el maletín. De ello dependía Sophie.

Llegué a la puerta de la habitación. Busqué en mis bolsillos, pero no había rastro de las llaves. Al salir corriendo debí dejarlas dentro. Menuda noche de aciertos. Nunca había sido tan despistado, siempre había analizado las situaciones al milímetro. Así me había enseñado.

El chirrido me taladraba el cuerpo y no me dejaba pensar. Sólo se me ocurrió golpear la puerta para intentar derribarla. Cogí carrerilla y me abalancé sobre ella, la cual cedió con asombrosa rapidez. Caí al suelo de la habitación. Sin levantarme repté por el suelo hasta llegar a la cama, el maletín debía de encontrarse allí, pero no estaba. No debía extrañarme, ¿acaso algo había salido bien esta noche? No pude contener un grito de rabia. ¿Qué había pasado? ¿Dónde diablos se encontraba? En aquel momento todo dependía de él.

No podía creer mi mala suerte. Tirado en el suelo comencé a llorar. No tuve oportunidad de levantarme, el golpe vino de la nada. Impactó en mi nuca y me arrastró a una espiral de oscuridad. Sentía que caía al ritmo de aquel grito infernal mientras la vida salía a borbotones de mi cabeza encharcando el suelo.

Nunca volveré a verte Sophie.

martes, 1 de septiembre de 2009

Ascenso a la tercera planta

Se podía ver la sangre caer por los escalones hasta llegar a los tres cuerpos. El misterioso barro que venía pisando por el pasillo provenía de los jugos de estos pobres desgraciados. En la histeria por salir del edificio debieron caer por las escaleras y morir desangrados. Lo extraño era el potente hedor que desprendían, apenas unos momentos después de su muerte. No hacía ni media hora que la alarma me había despertado, y el olor que desprendían me recordaba a la sala donde mi padre colgaba su caza, donde la carne muerta solía descansar encerrada durante días.

No era necesario comprobar si alguno seguía con vida, la cantidad de sangre, unido a la pestilencia que desprendían y la inusual desfiguración que habían sufrido los cuerpos era más que suficiente para saber que ya no estaban vivos.

Subiría a la habitación, recuperaría el maletín y mi teléfono móvil y avisaría a la policía.

Sorteando los cadáveres como pude, subí los primeros escalones, donde la sangre era más abundante. Había visto sangre con anterioridad, así que no me fue difícil soportar el tacto en mis zapatillas y continuar mi ascenso.

Por suerte las luces de emergencia que bordeaban los escalones funcionaban, y según iba menguando la cantidad de sangre, me era más fácil y rápido subir. Al llegar a la segunda planta me pareció oír una vieja radio de fondo. Haciendo caso omiso de ella continué mi camino. Me encontraba a un tramo de escaleras del maletín.

Ya en la tercera planta, intenté ubicarme. Este edifico, aunque pequeño, tenía una configuración interior un tanto extraña. Sus habitaciones no se dividían en pares e impares, sino que parecían estar distribuidas al azar. Reconocía la máquina de café al fondo del pasillo donde me encontraba. Mi habitación debía encontrarse a la derecha de este.

Sólo un poco más, sólo un poco más y lo tendría todo bajo control. Apenas me importaba que alguien gritara en el pasillo al que me dirigía.