Nada. Nadie. El hall se hallaba en la más completa soledad. Nada típico en un edificio habitualmente asegurado por tres guardas y dosempleados del complejo, y menos aún después del presunto incendio.
Me acerqué a recepción. No tuve problema en colarme tras el mostrador y rebuscar en los cajones en busca de una linterna, pues estos se hallaban completamente abiertos. Escasa seguridad, algo más para apuntar en la hoja de reclamación. Provisto de algo de luz, me acerqué a un mapa para encontrar mi camino. Sólo debía seguir el pasillo de la derecha y encontraría las escaleras. No había cogido la llave de mi cuarto al salir, así que rebusqué en el estante de las llaves en recepción, pero estaba totalmente vacío, algo raro.
Me encaminé a mi destino. El único sonido era el de mis pasos, adentrándome en ese pasillo. La linterna me permitía comprobar que los suelos estaban impregnados de un barro más denso de lo común. Una mezcla de agua y arena que se te pegaba a los pies y te impedía caminar. Pero lo peor de todo era el olor que desprendía. Cuanto más avanzaba más intenso era. Se metía en mi cuerpo, quemándome la garganta y haciendo que me tambaleará.Era un olor que reconocía, un olor que había olido multitud de veces, pero no conseguía recordar cuándo ni dónde. Quedaban menos de tres metros para llegar a las escaleras. Aquí era casi imposible respirar. Aquella pestegolpeaba con fuerza, impedía que siguiera andando.
El maletín. Tenía que conseguirlo. Eso fue lo que me dio fuerzas para superar los tres últimos metros y descubrir los tres cadáveres amontonados al final de la escalera. Por finlogré recordar. Era olor a carnicería.
No sé si fue el sonido de la alarma anti-incendios o el horrible olor que venía de todas partes lo que hizo despertarme de de esa manera tan violenta. Posiblemente fuera la combinación de ambos. La habitación estaba oscura, si no tenemos en cuenta los flashazos rojos que emitía la alarma sobre mi cabeza, lo cual me permitió vislumbrar a la persona que estaba frente a mí.
-¡Corre, corre, corre!- tiró de mi brazo y me empujó fuera delcuarto. Todo el pasillo estaba bañado por la misma luz roja.
Adormilado corrí sin sabes que hacía, buscando una salida. Por el camino me pareció discernir el sonido de gritos que se confundían con el pitido de la alarma. No me paré a averiguar si estaba en lo cierto y corrí hasta la salida. Una vez fuera me tiré la suelo, exhausto.
Recompuesto y con aire en mis pulmones me levanté. Estaba listo para procesar todo lo que había pasado. Estaba rodeado de diez personas más, casi todas en ropa de cama (fue entonces agradecí mi manía de dormir en chándal), seguía teniendo un aspecto ridículo, pero al menos no lucía unos horribles calzones rayados hasta las rodillas como el caballero del pelo rojo. Todos parecían tan confusos como yo. Intenté encontrar a la persona que me había salvado, pero no la vi por ninguna parte, la verdad es que poco recordaba de ella.
Esperamos veinte minutos más en silencio, esperando la llegada de más huéspedes, pero nadie apareció. ¿Cómo era posible que en un complejo tan inmenso solo estuviéramos una decena de personas fuera? ¿Qué había sido del resto? Cierto era que nos encontrábamos en la parte mas pequeña del Complejo Átopo, apenas un edificio de cinco plantas, y que el personal del complejo residía en un edificio más apartado, pero eso no explicaba la escasez de personas que nos encontrábamos fuera.
Miré hacia el edificio. Una construcción blanca, de líneas simples. Se componía de una sola pieza rectangular, con un pequeño jardín como entrada. La sobriedad en su decoración hacía patente que era la parte más económica de todo el lugar, aquí nos hospedábamos los turistas más humildes. Lejos quedaba la parte de los jacuzzis y los campos de golf, separados de nuestro apartamento por las pistas de atletismo y las piscinas naturales. A esa distancia la tosquedad de los turistas de media clase no alteraban las vacaciones de los dioses de la industria.
No parecía salir humo ni fuego de las ventanas. Quizá había sido una falsa alarma, eso explicaba la escasa presencia de personas a mi alrededor. Fuera lo que fuere, no tenía opción, tenía que volver a entrar y recuperar el maletín. El motivo de venir a este lugar era ese maletín y no podía dejarlo tirado a la vista de cualquiera. Bastante incauto había sido dejarlo ahí, esta vez el sobresalto por la alarma me servía de escusa, pero no iba a permitir equivocarme dos veces en tan poco tiempo.
Corrí hacia el edificio, sin que nadie hiciera nada por impedírmelo y entré en él. Todo parecía normal, la alarma había cesado. La oscuridad y el silencio era la pauta de ese lugar. Sólo tenía que subir hasta la tercera planta e ir hasta mi cuarto. Los ascensores no deberían funcionar al igual que las luces, por lo que primero debería encontrar las escaleras.
Empecé a caminar, tranquilizado por la normalidad de la escena, hasta que comprendí que acababa de cometer mi segundo error de la noche. Después de todo, no era todo tan normal.
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