sábado, 26 de diciembre de 2009

últimas palabras

¿De dónde había salido esa llave? ¿Es posible que la hubiera vomitado? ¿ ya estaba en el suelo antes? Estaba muy confusa, es posible que se la hubiera pasado por alto. En un lugar lleno de cadáveres y sangre, en lo último en que te fijas es en una llave en el suelo. Cogió la llave y la examinó de cerca. Era una llave simple, menuda en tamaño, y completamente lisa, exceptuando unas diminutas ralladuras completamente rectas que tenía en el borde, estaban agrupadas en cuatro grupos. No tenía tiempo para descifrar nada, pero no pretendía dejar en el suelo algo que no sabía certeramente de donde provenía, asique la escondió en su sujetador. Parecía de oro, asique podría venderla a buen precio una vez que saliera de allí.
Lo que al principio parecía el roer de un ratón, pronto se convirtió en un fuerte sonido. Una tos provenía del montón de cadáveres. ¿Sería posible que quedara alguien con vida? Debía rescatarlo, quizá podría darle algunas respuestas.
Abriendo la boca al máximo para evitar las arcadas, fue cogiendo uno a uno los cuerpos ensangrentados y echándolos a un lado. No era una tare agradable. Los cuerpos sin vida pesaban demasiado para una chica como ella. El peso de estos, unido a la sangre del suelo, provocó que en más de una ocasión Dianne estuviera a punto de caerse.
Sólo quedaban un par de cuerpos. Uno de ellos se movió ligeramente. Le tomó el pulso y comprobó que su débil corazón aún resistía.
-- ¡ Señor! ¿me oye señor? ¡Por favor resista!
El moribundo intentó levantar la cabeza lo más que pudo, pero una profunda herida en el cuello le impedía hacer el más leve movimiento.
--¡Señor resista! Le taparé la herida, y se pondrá bien, se lo prometo señor.
-- Sophie…--farfulló el hombre—Sophie… aún no es tarde… dale a Sémele la granada…
Dianne no entendía qué decía aquel hombre, había perdido mucha sangre, y no era consciente de lo que decía. Rasgó su camisa e improvisó una venda que colocó en la herida. Ejercía presión de forma natural. No sabía de dónde había obtenido sus conocimientos médicos, pero algo le decía que era lo que debía hacer, aguantar y esperar.
Un fuerte chirrido rasgó el silencio del cuarto. Provenía de una de las dos puertas frente Dianne. El chirrido se intensificó, hasta que Diana quedó en trance.

martes, 6 de octubre de 2009

llaves

No podía recordar qué hacía ahí, apenas recordaba su reflejo, de poco valía buscar motivo a la sangre que cubría su cuerpo.

Inspeccionó la habitación. No parecía tener nada fuera de lo común, se trataba de una cocina normal, incluso demasiado limpia, pero nada que pudiera explicar la situación en la que se encontraba. Buscó en sus bolsillos buscando algo de información. Sólo encontró un llavero repleto de llaves. Habría alrededor de quince llaves, de distintos tamaños y formas. Algunas parecían antiguas, otras sin embargo eran tarjetas electrónicas. Esto no hizo sino alejar más la explicación a la situación en la que Dianne se encontraba.

Al fondo de la cocina había una puerta. Dianne se encaminó a ella. De forma instintiva agarró un cuchillo y lo guardó en uno de los bolsillos. Apenas fue consciente de ese gesto; no fue sino cuando sintió el frio del metal en su pierna cuando verdaderamente se dio cuenta de lo que hacía. Aún así conservó el arma.

Llegó a la puerta con paso relajado. Estaba cerrada. Forcejeó pero no sirvió de nada. Entonces agarró el manojo de llaves y comenzó a probar una por una, con paso relajado, probando todas las posibilidades de cada llave. Al cabo de un rato dio con la llave que encajaba. Antes de abrir la puerta decidió hacer una marca con el cuchillo en la base de la anilla, para identificarla en un futuro. Dibujó una simple línea, lo necesario para diferenciarla de las demás.

La cerradura crujió y la puerta se entreabrió. Dianne empujó y lo que encontró al otro lado hizo que perdiera el aliento por instantes.

El tiempo se congeló para Dianne al ver la sala contigua a las cocinas. Se trataba de un salón decorado al estilo indio, con cojines por los suelos e iluminado con una suave luz, pero lo suficientemente fuerte como para ver los catorce cuerpos repartidos por el suelo, completamente destrozados por las balas de las pistolas que cada de ellos sostenían, con la fuerza de la muerte, en sus manos. Algunos rostros eran irreconocibles debidos a la furia que dispararon las pistolas. Los trajes que vestían estaban completamente empapados en su propia sangre, apenas se diferenciaba el negro o blanco, color que parecía haber sido el original antes de la matanza. La sangre, esparcida por todo el suelo simulaba un espejo rojizo en el que se reflejaban los rostros sin vida de aquellos.

Dianne volvió en si justo a tiempo para arrodillarse, pues una ráfaga provino de lo más profundo de su estómago. El contenido pastoso que acababa de expulsar comenzó a diluirse con la sangre. Y fue entonces cuando, aún confusa por todo, vio como entre los restos, anteriormente íntimos, aparecía una llave.

domingo, 27 de septiembre de 2009

nueva inquilina

Abrió los ojos y tardó en orientarse. La luz blanca le cegaba. Todo era bañado por un blanco absoluto. Poco a poco los ojos se acostumbraron a ese resplandor y le dejó comprobar dónde se encontraba. Parecía ser las cocinas de unos restaurantes. Era una habitación inmensa, repleta de aparatos de cocina, cacerolas, cuchillos y demás. Los fluorescentes iluminaban la habitación llenándola de reflejos cegadores.

No podía recordar absolutamente nada. Su cabeza navegaba en un mar negro donde ningún faro parecía apuntar a ninguna parte.

Se aproximó a una de las paredes y se enfrentó a su reflejo en un espejo. Una muchacha pelirroja, de rizos salvajes le devolvió la mirada. Tenía los ojos verdes y una cara pálida y pecosa. No era una muchacha guapa, resultona más o menos. Vestía un traje de camarera, camisa roja y pantalones negros. En el pecho colgaba una chapa con su nombre, Dianne, y el emblema de Complejo Átopo. Dianne dedujo que debía de ser la camarera del restaurante del complejo.

Teniendo esto como base intentó recordar algo más. ¿Desde cuándo trabajaba allí?, ¿de dónde era?, ¿tendría familia allí?, ¿qué había pasado para que no pudiera recordar nada?, y lo más importante, ¿por qué tenía el cuerpo lleno de sangre?

lunes, 14 de septiembre de 2009

al final de pasillo

Según me acercaba a mi habitación la intensidad del grito iba aumentando. Cuando apenas estaba a escasos metros se convirtió en un aullido insoportable, más bien parecía el chirrido de dos metales arañándose que el grito de una persona.

Ya tendría tiempo de descubrir de dónde provenía, ahora mi prioridad era recuperar el maletín. De ello dependía Sophie.

Llegué a la puerta de la habitación. Busqué en mis bolsillos, pero no había rastro de las llaves. Al salir corriendo debí dejarlas dentro. Menuda noche de aciertos. Nunca había sido tan despistado, siempre había analizado las situaciones al milímetro. Así me había enseñado.

El chirrido me taladraba el cuerpo y no me dejaba pensar. Sólo se me ocurrió golpear la puerta para intentar derribarla. Cogí carrerilla y me abalancé sobre ella, la cual cedió con asombrosa rapidez. Caí al suelo de la habitación. Sin levantarme repté por el suelo hasta llegar a la cama, el maletín debía de encontrarse allí, pero no estaba. No debía extrañarme, ¿acaso algo había salido bien esta noche? No pude contener un grito de rabia. ¿Qué había pasado? ¿Dónde diablos se encontraba? En aquel momento todo dependía de él.

No podía creer mi mala suerte. Tirado en el suelo comencé a llorar. No tuve oportunidad de levantarme, el golpe vino de la nada. Impactó en mi nuca y me arrastró a una espiral de oscuridad. Sentía que caía al ritmo de aquel grito infernal mientras la vida salía a borbotones de mi cabeza encharcando el suelo.

Nunca volveré a verte Sophie.

martes, 1 de septiembre de 2009

Ascenso a la tercera planta

Se podía ver la sangre caer por los escalones hasta llegar a los tres cuerpos. El misterioso barro que venía pisando por el pasillo provenía de los jugos de estos pobres desgraciados. En la histeria por salir del edificio debieron caer por las escaleras y morir desangrados. Lo extraño era el potente hedor que desprendían, apenas unos momentos después de su muerte. No hacía ni media hora que la alarma me había despertado, y el olor que desprendían me recordaba a la sala donde mi padre colgaba su caza, donde la carne muerta solía descansar encerrada durante días.

No era necesario comprobar si alguno seguía con vida, la cantidad de sangre, unido a la pestilencia que desprendían y la inusual desfiguración que habían sufrido los cuerpos era más que suficiente para saber que ya no estaban vivos.

Subiría a la habitación, recuperaría el maletín y mi teléfono móvil y avisaría a la policía.

Sorteando los cadáveres como pude, subí los primeros escalones, donde la sangre era más abundante. Había visto sangre con anterioridad, así que no me fue difícil soportar el tacto en mis zapatillas y continuar mi ascenso.

Por suerte las luces de emergencia que bordeaban los escalones funcionaban, y según iba menguando la cantidad de sangre, me era más fácil y rápido subir. Al llegar a la segunda planta me pareció oír una vieja radio de fondo. Haciendo caso omiso de ella continué mi camino. Me encontraba a un tramo de escaleras del maletín.

Ya en la tercera planta, intenté ubicarme. Este edifico, aunque pequeño, tenía una configuración interior un tanto extraña. Sus habitaciones no se dividían en pares e impares, sino que parecían estar distribuidas al azar. Reconocía la máquina de café al fondo del pasillo donde me encontraba. Mi habitación debía encontrarse a la derecha de este.

Sólo un poco más, sólo un poco más y lo tendría todo bajo control. Apenas me importaba que alguien gritara en el pasillo al que me dirigía.

domingo, 30 de agosto de 2009

Planta Baja

Nada. Nadie. El hall se hallaba en la más completa soledad. Nada típico en un edificio habitualmente asegurado por tres guardas y dos empleados del complejo, y menos aún después del presunto incendio.

Me acerqué a recepción. No tuve problema en colarme tras el mostrador y rebuscar en los cajones en busca de una linterna, pues estos se hallaban completamente abiertos. Escasa seguridad, algo más para apuntar en la hoja de reclamación. Provisto de algo de luz, me acerqué a un mapa para encontrar mi camino. Sólo debía seguir el pasillo de la derecha y encontraría las escaleras. No había cogido la llave de mi cuarto al salir, así que rebusqué en el estante de las llaves en recepción, pero estaba totalmente vacío, algo raro.

Me encaminé a mi destino. El único sonido era el de mis pasos, adentrándome en ese pasillo. La linterna me permitía comprobar que los suelos estaban impregnados de un barro más denso de lo común. Una mezcla de agua y arena que se te pegaba a los pies y te impedía caminar. Pero lo peor de todo era el olor que desprendía. Cuanto más avanzaba más intenso era. Se metía en mi cuerpo, quemándome la garganta y haciendo que me tambaleará. Era un olor que reconocía, un olor que había olido multitud de veces, pero no conseguía recordar cuándo ni dónde. Quedaban menos de tres metros para llegar a las escaleras. Aquí era casi imposible respirar. Aquella peste golpeaba con fuerza, impedía que siguiera andando.

El maletín. Tenía que conseguirlo. Eso fue lo que me dio fuerzas para superar los tres últimos metros y descubrir los tres cadáveres amontonados al final de la escalera. Por fin logré recordar. Era olor a carnicería.