Lo que al principio parecía el roer de un ratón, pronto se convirtió en un fuerte sonido. Una tos provenía del montón de cadáveres. ¿Sería posible que quedara alguien con vida? Debía rescatarlo, quizá podría darle algunas respuestas.
Abriendo la boca al máximo para evitar las arcadas, fue cogiendo uno a uno los cuerpos ensangrentados y echándolos a un lado. No era una tare agradable. Los cuerpos sin vida pesaban demasiado para una chica como ella. El peso de estos, unido a la sangre del suelo, provocó que en más de una ocasión Dianne estuviera a punto de caerse.
Sólo quedaban un par de cuerpos. Uno de ellos se movió ligeramente. Le tomó el pulso y comprobó que su débil corazón aún resistía.
-- ¡ Señor! ¿me oye señor? ¡Por favor resista!
El moribundo intentó levantar la cabeza lo más que pudo, pero una profunda herida en el cuello le impedía hacer el más leve movimiento.
--¡Señor resista! Le taparé la herida, y se pondrá bien, se lo prometo señor.
-- Sophie…--farfulló el hombre—Sophie… aún no es tarde… dale a Sémele la granada…
Dianne no entendía qué decía aquel hombre, había perdido mucha sangre, y no era consciente de lo que decía. Rasgó su camisa e improvisó una venda que colocó en la herida. Ejercía presión de forma natural. No sabía de dónde había obtenido sus conocimientos médicos, pero algo le decía que era lo que debía hacer, aguantar y esperar.
Un fuerte chirrido rasgó el silencio del cuarto. Provenía de una de las dos puertas frente Dianne. El chirrido se intensificó, hasta que Diana quedó en trance.