No podía recordar qué hacía ahí, apenas recordaba su reflejo, de poco valía buscar motivo a la sangre que cubría su cuerpo.
Inspeccionó la habitación. No parecía tener nada fuera de lo común, se trataba de una cocina normal, incluso demasiado limpia, pero nada que pudiera explicar la situación en la que se encontraba. Buscó en sus bolsillos buscando algo de información. Sólo encontró un llavero repleto de llaves. Habría alrededor de quince llaves, de distintos tamaños y formas. Algunas parecían antiguas, otras sin embargo eran tarjetas electrónicas. Esto no hizo sino alejar más la explicación a la situación en la que Dianne se encontraba.
Al fondo de la cocina había una puerta. Dianne se encaminó a ella. De forma instintiva agarró un cuchillo y lo guardó en uno de los bolsillos. Apenas fue consciente de ese gesto; no fue sino cuando sintió el frio del metal en su pierna cuando verdaderamente se dio cuenta de lo que hacía. Aún así conservó el arma.
Llegó a la puerta con paso relajado. Estaba cerrada. Forcejeó pero no sirvió de nada. Entonces agarró el manojo de llaves y comenzó a probar una por una, con paso relajado, probando todas las posibilidades de cada llave. Al cabo de un rato dio con la llave que encajaba. Antes de abrir la puerta decidió hacer una marca con el cuchillo en la base de la anilla, para identificarla en un futuro. Dibujó una simple línea, lo necesario para diferenciarla de las demás.
La cerradura crujió y la puerta se entreabrió. Dianne empujó y lo que encontró al otro lado hizo que perdiera el aliento por instantes.
El tiempo se congeló para Dianne al ver la sala contigua a las cocinas. Se trataba de un salón decorado al estilo indio, con cojines por los suelos e iluminado con una suave luz, pero lo suficientemente fuerte como para ver los catorce cuerpos repartidos por el suelo, completamente destrozados por las balas de las pistolas que cada de ellos sostenían, con la fuerza de la muerte, en sus manos. Algunos rostros eran irreconocibles debidos a la furia que dispararon las pistolas. Los trajes que vestían estaban completamente empapados en su propia sangre, apenas se diferenciaba el negro o blanco, color que parecía haber sido el original antes de la matanza. La sangre, esparcida por todo el suelo simulaba un espejo rojizo en el que se reflejaban los rostros sin vida de aquellos.
Dianne volvió en si justo a tiempo para arrodillarse, pues una ráfaga provino de lo más profundo de su estómago. El contenido pastoso que acababa de expulsar comenzó a diluirse con la sangre. Y fue entonces cuando, aún confusa por todo, vio como entre los restos, anteriormente íntimos, aparecía una llave.